Archivo mensual: noviembre 2014

Entre acción y expresión: una respuesta…

Estimado Jorge Gomez del Campo,

Gracias por tu nueva carta[1]. Me has hecho descubrir que tu texto “Yo soy un anarquista”[2] era una ficción donde simulabas a un supuesto interlocutor ácrata que interpelaba a los sectores fresas del movimiento, como yo, y luego, por haberte respondido en serio[3], te acabamos pareciendo autoritarios. Perdón por haber tomado parte en la comedia: la estrechez de mi tradición no me preparaba para actuar conforme al guión en una fábula didáctica. Tocará a otros analizar la clase de esfera pública que tu teatralización y mi mala tendencia a la ironía producen en coalición.

Para salir del impasse, te propondría centrar la discusión definiendo las áreas concretas donde tenemos desacuerdos. Como se dice en inglés: Let’s cut the bullshit! Me parece que este podría ser un balance de la situación:

  1. Los anarquistas. A mi no me constaba que los actores de la violencia del 20 de noviembre de 2014 en el zócalo eran los que la opinión pública llama “los anarquistas”. Tú en cambio estás persuadido de ello, y quizá lo sabes de cierto. Yo guardaba la esperanza de que la agresión del 20 de noviembre hubiera sido un montaje. Tú va más allá: toda discusión de la acción directa, y especialmente su descalificación, alude por contexto a los anarquistas en el movimiento social. Aún así, sigo pensando que la opción de la confrontación no pertenece sólo a ellos, y que por tanto es una táctica que puede discutirse sin personificarse.
  2. Altura moral. Para ti hablar de la “altura moral” y “reputación” del movimiento es establecer una jerarquía moral entre sus participantes: los buenos y los malos, los pacíficos y los violentos, lo que tendría un fondo clasista y racista. Si alguien como yo describe el uso de una cierta táctica como traicionero porque contribuye a realizar los planes represivos del poder, tú sientes que eso inmediatamente supone que he singularizado algunos agentes como criminales. Yo siento que ambas interpretaciones son equivocadas, que no se puede transformar la crítica de la acción en la crítica de personalidades. Pero además hablar de la “altura moral” del movimiento refiere a al impacto de una movilización ante la opinión pública, que en mi opinión pone en aprietos a la política del gobierno. El único momento que tus textos abordan el impacto de los gestos espectaculares de violencia es en relación a valorar el efecto mediático internacional de tener escenas de enfrentamientos y fuego. Tu calificas mi posición de esencialista. Yo pienso que atiende a la forma en que los imaginarios son decisivos en la política.
  3. Crítica de tácticas o exclusión de personas. Esas discusiones son derivativas de una cuestión fundamental. Tú argumentas que nadie tiene derecho a señalar a ningún compañero métodos o rutas porque estos son materia de una “voluntad soberana” individual: implicas una especie de pluralismo táctico constante. Yo sostengo que las tácticas del movimiento social se ponen a debate, con vistas a ser adoptadas por la mayoría, y que la minoría debe sujetarse a esa voluntad. Tú entiendes todo gesto de crítica interna como autoritario y dices que la libre voluntad de ciertos grupos y su condición de marginalidad, les ha hecho ver la confrontación con las fuerzas policiacas como una necesidad, y por tanto criticar sus métodos es una “criminalización” de esas personas.   Yo veo necesario que el movimiento social se autorregule, y me preocupa más que las tácticas del movimiento ayuden a aislarlo y reprimirlo, que los efectos de criticar enérgicamente ciertas actitudes, lo que pudiera llevar a un sector a establecer distancia. Tú ves las críticas a las actitudes y acciones de los compañeros anarquistas una colaboración con la violencia que se ejerce sobre ellos. Yo veo en el uso expresivo de la violencia una colaboración con la represión.
  1. Unidad o diferenciación. Creo que lo más valioso de tu texto es la preocupación por las relaciones entre las facciones y metodologías al interior del movimiento. ¿Cómo mantener unido al movimiento para que los “anarquistas” lo sigan acompañando? Concedo: mi argumento no iba en esa dirección. Me preocupa más la suerte del movimiento en su conjunto. Dada tu preocupación por mantener a los compas anarquistas dentro del movimiento, propones una metodología imaginativa: marchar detrás de quienes se van a batir con las fuerzas de seguridad para, al último instante, apartarnos de ellos. Con ello, argumentas, podríamos acompañarlos, acercarlos a nuestras posiciones, e impedir la división. Yo encuentro varios defectos en esa táctica. Difícilmente garantiza la seguridad de los manifestantes, y mucho menos permite cuidar la fuerza político-moral del movimiento ante el resto de la sociedad, es decir, su reputación. Me parece que una vez que los manifestantes acompañen fuerzas de choque en su vanguardia, se vuelven políticamente responsables por sus actos. En otras palabras, no veo tu propuesta como una solución, sino que implícitamente sujeta al movimiento entero a la voluntad libre de un grupo voluntarioso, lo que de hecho ocurre en los hechos si no hay coordinación.

Cierro el resumen deseando que sea justo. Creo que el problema básico que nos divide es el de la valoración de la acción política. ¿Es esta una forma de “expresión” soberana de un sujeto, que por tanto, como la opinión, no deba ser “censurada” (como se ha expresado ya un par de veces en este movimiento) y que define a las personas, o es un medio a ser determinado por motivos instrumentales, que se enmarca en las relaciones políticas generales, que debe ser definido por motivos de opinión, pues su valor es fundamentalmente táctico? En un movimiento social, y especialmente si no hay dirigencia orgánica, ¿hay alguna forma de establecer límites de las prácticas, o hay que aceptarlas como parte de la obligación de aceptar “al otro”? ¿Es el desacuerdo de tácticas una forma de pensamiento autoritario, o una condición de la creación de poder popular? O acaso, ¿la necesidad de aproximarse al subalterno requiere abolir toda esa agenda?

Yo creo que la decisión que tomamos sobre estos asuntos es significativa. La misma clase de acción, tiene un valor totalmente diferenciado en situaciones diferentes. Hace una década la coordinación de “Monos blancos y Monos negros” en las protestas globales se hacía en términos defensivos: los más aventurados protegían a los manifestantes ante los ataques de la policía. Aquí sucede al contrario: alguien confronta la policía, y entonces tras de una espera significativa, esta arremete contra el conjunto de los manifestantes, y luego toca emplear la movilización entera de la sociedad civil para rescatar a las victimas de la acción policiaca provocada o justificada por los choques innecesarios. Tengo la impresión de que tú estás pidiendo a los manifestantes más comunes que protejan a los aventureros, aunque los expongan a peligros. Hasta ahora, los que protestan salen a defender a quienes sufren la represión, sin hacer preguntas acerca de qué color tienen. De eso se trató la coyuntura que apenas cierra: la dedicación del movimiento en protegerse de la acción torpe del Estado, y de su torpeza interna. En términos generales, esa prueba ha sido superada. El conjunto de las acciones contra la represión que emprendió el movimiento tendió a evitar que nadie quedara “criminalizado.” Eso me parece mucho más importante que lo que significan mis palabras o giros verbales. Qué nos depara el futuro, ya se verá.

Fraternalmente

Cuauhtémoc Medina

[1] Jorge Gomez del Campo, “Una respuesta al Dr. Medina”, Noviembre 27, 2014. http://jorgegomezdelcampo.blogspot.mx/2014/11/una-respuesta-al-dr-cuauhtemoc-medina_52.html

[2] Jorge Gomez del Campo, “Yo soy un anarquista”; Noviembre 23, 2014. http://jorgegomezdelcampo.blogspot.mx/2014/11/yo-soy-anarquista.html

[3] Cuauhtémoc Medina, “Carta a un anarquista: Sobre la política de la desorientación”, Noviembre 24, 2014. https://cuauhmedina.wordpress.com/2014/11/24/carta-a-un-anarquista-sobre-la-politica-de-la-desorientacion/

Anuncios

Carta a un anarquista: sobre la política de la desorientación.

Estimado Sr. Jorge Gómez del Campo,

Autor del Blog Art and Gonzo Philosophy

Diego Teo, un artista del grupo Cráter invertido, hizo el favor de compartirme su nota titulada “Yo soy anarquista” fechada el 23 de noviembre de 2014[1]. Vi con asombro que gran parte de ese texto está dedicado a comentar una nota que yo publiqué hace unos días,[2] a raíz de los acontecimientos del 20 de noviembre en México. Le agradezco haberme tomado en serio, si bien creo que su visión sobre mi texto está distorsionada, porque usted nota en él anarquistas que, francamente, yo no pinté, figuré o referí. Lo bueno es que esa lectura ladeada me permite entrar en conversación con usted, y quizá otros anarquistas, por lo que mi texto empieza siendo crítico pero acabará siendo optimista, como dice usted que es el anarquista.

Primero, pues, me dedico a despejar el enredo que introduce su versión de mi escrito. Dice usted que mi texto ejemplifica, si bien de un modo “sutil” (¡gracias por ese calificativo!) el daño moral que la sociedad civil y los intelectuales hacemos a los anarquistas al atacarlos y aislarlos “de la comunidad que busca paz y justicia”. Usted argumenta que en mi frase (“toda ‘acción directa’, simulada por los agentes o realizada por activistas desorientados, es una traición al movimiento social”)  escondo en clave una alusión a los anarquistas, que no nombro al hablar de   “activistas desorientados”. Lo “sutil” de mi posición no queda ahi. Usted concede, amablemente, que yo no condeno directamente a las personas que  “no coinciden” con las “ideas limitadas de resistencia” civil, sino  sólo a sus tácticas. Aún así, desenmascarando mi artilugio, usted ve en mi texto y en el contexto que lo acompaña un ataque terrible y ofensivo al anarquismo. Cito su párrafo para beneficio de nuestros tres o cuatro lectores:

Segundo, cualquier persona o grupo que no coincide con estas ideas limitadas de resistencia ‘traiciona al movimiento social’. Siendo justo, la frase dice que la táctica traiciona, no la persona. Pero ¿qué debemos pensar de nosotrxs mismxs si somos personas que creemos que esas tácticas, de ves en cuando, son necesarias? ¿Deberíamos concluir que como no somos gente de “alta moral”, somos enemigos?[3]

Permítame con todo respeto que me detenga a hacer un ligero reproche. En efecto, toda la sutileza que usted tan amablemente me atribuye termina cuando usted cree que yo hablaba de los anarquistas. No lo hice: si yo escogí la frase “activistas desorientados” fue precisamente por ser abarcadora. En ella podía aludir por igual a los leninistas trasnochados, a los católicos mesiánicos, a los nuevos populistas rusos, y sobre todo a una masa muy importante de jóvenes que en los últimos meses han adoptado un culto por la acción directa que no necesariamente se debe a alguna clase de afiliación de ideas, sino a su desilusión por toda clase de forma de mediación política. Esa será mi primera herejía: sugerirle que el gusto por la acción directa no es monopolio de sus correligionarios.

En ese sentido, encuentro un poco incómodo que usted  me presente como una especie de “crítico de ideas”. ¡Bastante tengo con a veces ser crítico de arte! Usted perdonará que encuentre esto un tanto extraño pues en las líneas que usted suprime al final de el párrafo que usted cita, digo claramente que me refiero a las prácticas y no a lo que los compañeros “desorientados” sienten, piensan o imaginan. Este es el párrafo que escribí, restaurando la línea en cuestión, que para facilidad de los lectores subrayo:

(…) los manifestantes pacíficos y razonados hemos ganado una posición moral en la calle y las mentes ciudadanas. (…) Nuestra reputación colectiva (…) depende de actuar en términos de nuestros derechos constitucionales (…) Como pueden ver en las imágenes que circulan el día de hoy toda impaciencia o aventurerismo tiene como consecuencia poner en peligro a nuestros camaradas y compañeros de lucha. Toda ‘acción directa’, simulada por los agentes o realizada por activistas desorientados, es una traición al movimiento social. El asunto no es moral o ideológico: esa traición se verifica en los hechos.

Voy a abandonar la sutileza, para exponerle mi argumento en bruto. Carece de importancia qué ideas defienden los distintos compañeros que participan en el movimiento y qué tradiciones representamos. En un momento en que estamos en una confrontación política con los poderes constituidos,  lo que interesa es la situación táctica. El gobierno anunció toda la semana del 15 al 20 de noviembre que iba a proceder a reprimir a “los violentos”. Ese era un propósito tanto de imagen como de actos: presentaría a la opinión pública un movimiento definido por su peligrosidad, y esa ilegalidad permitiría la represión de algunos de sus integrantes, para tratar de disuadir al resto de los participantes en las protestas por rechazo a la violencia y por efecto del miedo. Por fortuna, Peña Nieto no tiene demasiada sutileza: muchos nos dimos cuenta que así procedería, y nos pasamos días hablando con otros compañeros para convencerlos de que acciones de confrontación, como el bloqueo del aeropuerto, eran una mala idea pues los llevarían a caer en la trampa que les tendían.

Llegó el día 20 y en los hechos (que no en las ideas o afectos) los que desobedecieron las decisiones colectivas de evitar la violencia, contribuyeron a la represión y la difamación del movimiento. Como su acción fue torpe, y se vio acompañada de un montaje del gobierno, la táctica ha fallado, pero ha dejado a varios compañeros en una situación jurídica muy riesgosa. Si esa indisciplina y falta de juicio provino de personas que se sienten guadalupanos, piensan que son marcianos, o se llaman a sí mismos, anarquistas, carece para mi de importancia alguna. Por eso escribí: “El asunto no es moral o ideológico: esa traición se verifica en los hechos.” Por eso también hablé de “activistas políticamente desorientados” y no les atribuí membrete alguno. A lo mejor debí haber dicho: “los compañeros poco respetuosos de las decisiones democráticas del  movimiento y que no se interesan en la seguridad personal y jurídica de los manifestantes”.

Hecha esa aclaración a su lectura, permítame dar un giro para hacerle una pregunta un tanto directa. ¿Por qué le importa tanto  el problema del reconocimiento de “los anarquistas” por los demás, es decir, por nosotros? No sólo es que su texto está titulado  “Yo soy anarquista,” aunque eso es bastante significativo. ¿Por qué piensa usted que las creencias políticas de nadie son un asunto que a los demás nos incumbe.?¿De donde saca que los que, como usted concede, buscamos alguna sutileza de reflexión, estamos pensando en “los anarquistas”?

Lamento desilusionarlo: yo no me ocupo mucho del anarquismo. Sí: he leído textos que provienen de esa tradición, pero con notables excepciones —Victor Serge es la excepción— los autores anarquistas me resultan poco fértiles. Tengo la impresión de que tienen más ganas de declarar que aspiran a no tener estado, y explicar qué cosas creen y no creen, que en plantearnos instrumentos para pensar las instituciones sociales o la dinámica de la cultura. Tengo claro que yo no soy un anarquista: el destino de las estructuras estatales que el neoliberalismo ha ido destruyendo es un asunto que me preocupa. ¡Qué le vamos a hacer! Por supuesto, me parece digno de alguna reflexión que mucha gente se afilie recientemente a esa tradición, y no sólo los hijos de obreros en las barriadas, como usted sugiere. Por ejemplo, hace poco un escritor neoliberal bien conocido llamado Enrique Krauze afirmó reivindicar “mucho” ciertos aspectos del anarquismo.[4] Con todo respeto, no me gustaría estar en esa compañía.

Me gustaría sugerirle que todas estas identidades políticas con las que se definieron los  siglos XIX y  XX me parecen, con el debido respeto, de un anacronismo insalvable. Suelo decir que definir “qué es obra de arte” es “una pregunta de la policía”. ¡Imagínese qué pienso de las identidades políticas! Por cierto, creo que su propia reseña en torno a cómo los medios representan a los anarquistas pudiera plantear  que esa categoría se ha vuelto una categoría policial. La etiqueta anarquista sirve a la prensa, sirve al estado, y sirve a la policía; esa misma categoría pone en peligro a las personas e ideas anarquistas. Sólo por ello, yo la abandonaría.

Seriamente: su credo político, como el de otros, me deja indiferente. Respeto sus creencias, vale, aunque admito que me produce una cierta impaciencia que la gente se describa a sí misma o se auto-elogie.  Lo que me preocupa es que salir a golpear policías y atacar edificios el día 20 era contraproducente, porque significaba cumplir la agenda de Peña Nieto. Llegó el día 20, y el entusiasmo por el fuego y los golpes de algunos compañeros y policías ayudó a la represión. También debo admitir que defender la autonomía universitaria se dificulta si, en violación de esa autonomía, algunos compañeros supuestamente bien intencionados tienen ocupado un auditorio que en los ochentas llamábamos en broma “Che Sierra”. Leo su texto y saco de conclusión que no me importa la demonización del anarquismo, , sino la demonización del movimiento social.

Yo encuentro políticamente conveniente en momentos de crisis no tener favoritismos tácticos, y creo fácil entender que tener cariño por “la acción directa” en lugar de analizar la situación, y revisar qué podemos hacer o no, y qué riesgos involucra una u otra forma de lucha, es un prejuicio muy poco útil en la práctica.

En efecto, las “ideologías” (la palabra sigue para mi sigue significando “falsa conciencia”) nos estorban. Si algo puedo reprochar al anarquismo, es que resucita ese asunto de “qué crees políticamente” que yo pensaba sepultado a mediados de los 80. Sigo convencido que librarnos de nuestros prejuicios e identidades puede ser una ventaja en un momento en que estamos en necesidad de actuar conjuntamente.

En efecto, lo invito, lo mismo que a muchos amigos, a dejar el uniforme anarquista en la puerta, y acompañarnos en  sorprendernos de lo que está ocurriendo frente a nuestros ojos. Déjeme sugerirlo citándolo nuevamente. Usted escribe

Medina crea a un grupo puro que ha ganado su ‘altura moral y política’ por medio de una estrategia simbólica de resistencia (simbólica porque las manifestaciones, marchas, y creaciones de comunidades o alianzas civiles (hasta hoy) no han incidido en las relaciones materiales creadas por la violencia y corrupción del narco-Estado).

No sé bien a bien lo que significaría “incidir en las relaciones materiales creadas por la violencia y corrupción”, pero sea lo que sea, se lo concedo.

A cambio le propongo me acompañe en este análisis:   esas “tácticas simbólicas” (de manifestación, duelo y protesta) han planteado un enigma indescifrable para el Gobierno federal, y el sistema de partidos. La novedad es que un movimiento civil amplísimo provoca, en palabras de Peña Nieto, inestabilidad. El gobierno no encuentra como aplacar, cómo calmar y cómo controlar al movimiento de masas. Ese efecto viene, precisamente, del modo en que su carácter civil y constitucional pone en jaque a la autoridad. Yo no me pronuncio contra la violencia por algún estribillo de iglesia como “la violencia genera más violencia”. Me pronuncio por aprender de la práctica y ver que nuestra civilidad es lo que nos ha hecho políticamente in-gobernables.

No sé si eso es ácrata, o no: pero me parece poderoso , digno de ser defendido y francamente maravilloso.

Fraternalmente,

Cuauhtémoc Medina

México, 24 de noviembre 2014

[1] Jorge Gómez del Campo, “Yo soy anarquista”, Noviembre 24, 2014. http://jorgegomezdelcampo.blogspot.mx/2014/11/yo-soy-anarquista.html

[2] Cuauhtémoc Medina, “Los de casco también son ultras”, del 21 de noviembre 2014, https://cuauhmedina.wordpress.com/2014/11/21/los-de-casco-tambien-son-ultras/

[3] Gómez del campo, “Yo soy anarquista”; citado.

[4] Alfonso Armada, “Enrevista-Enrique Krauze. Los que trabajamos en periódicos estamos preocupados por el crepúsculo de nuestra industria”, Madrid, ABC Diario, Noviembre 5, 2014. http://www.abc.es/cultura/20141103/abci-siglo-todavia-renunciado-razon-201411030022.html


NEOLIBERALISMO Y BARBARIE

Esa fue la frase con que me desperté esta mañana: una frase donde ya no hay la idea de una opción, sino que aparece como la fatalidad cumplida en la destrucción de instituciones, la erradicación de toda clase de modos de vida, y la violencia social continua traducida en montañas de cadáveres. Ese es el contenido del “Proyecto de Nación” al que Peña Nieto sirve y que acusa al movimiento social de querer desestabilizar. Es en defensa de ese proyecto neoliberal de nación de tres décadas que el gobierno federal ha puesto a prueba la ofensiva represiva contra el movimiento cívico de los últimos días que incluye la detención ilegítima de ciudadanos. De eso se trata la batalla que ocurre en México hoy.

NEOLIBERALISM AND BARBARISM.Today I woke up with this phrase in my mind. It is a sentence where there is no more option, where barbarism appears as an acomplished fatality of destroyed institutions, the erasure of many forms of ways of living and a systematic social violence that has transmogrified into mountains of corspes. This is the “National Project” President Peña Nieto claims the civil movement is de-estabilizing. Because of the need of defening the three decade old neoliberal “national project”, the Mexican government has started the repressive offensive against the democratic movement that involves the use of force and the unlawful detention of citizens. This is what the social struggle in Mexico is all about.


Los de casco también son ultras.

Xinhua-03-600x274 La violencia de los granaderos al final de las manifestaciones del 20 de noviembre de 2014 es gravísima. Acentúa la espiral viciosa de represión y furia social que en este país conocemos ampliamente por la historia. El estado mexicano en sus tres niveles de gobierno es incapaz de aprender nada del pasado: como parte de la propaganda de violencia, quedó atrapado en las imágenes de héroes de monografías escolares. Lo que desconocen en absoluto es lo suicida que es la táctica de sacar a las calles a los antimotines y la soldadesca. La violencia gubernamental no se justifica incluso si hay violencia extrema opositora: en este caso, conforme a la tradición diazordascista del estado mexicano, la policía reacciona histéricamente ante acciones que pudieron haber sido repelidas con una intervención limitada. Nuevamente, la policía se ha asegurado de convertir a los ojos de la opinión pública, toda detención en una arbitrariedad ilegal. A la actitud defensiva con que el régimen reacciona cuando se señala que las violaciones de derechos humanos recientes son un crimen de Estado, habrá que responder que en efecto, en la falta de respeto por la libertad de opinión, los derechos constitucionales y la integridad de los ciudadanos, los diferentes niveles de gobierno, los diferentes partidos y agencias del Estado, se comportan con una unidad de estilo formidable. El Estado mexicano en sus diferentes componentes y en cada una de sus acciones, es el principal agente subversivo de la nación.

Vivimos en el imperio de la idiotez táctica, la impunidad declarativa y la arbitrariedad activa, un lugar donde convergen los Peña con los gobiernos priistas, panistas y perredistas en los tres niveles del Estado. Verificamos día a día que los servicios forenses carecen de experiencia en identificar los cientos de cadáveres que llegan a sus manos cada mes, a los voceros y emisiones públicas del poder multiplicando nuestro escepticismo y a la policía operando como un agente provocador formidable. Ese mismo emplazamiento de precariedad política es también el de nuestra triple ultraizquierda: la escenificada, la imaginaria y la sectaria-voluntarista. Nos corresponde a los ciudadanos desactivar la alianza que une represión y provocación. Por favor vean los videos que Aristegui compiló. Hay incluso evidencia de que estos materiales dejan pronto de funcionar en sitios como youtube. http://owl.li/EG53E Quisiera compartir una última observación: los manifestantes pacíficos y razonados hemos ganado una posición moral en la calle y las mentes ciudadanas. Esta altura moral y política es lo que ciertamente produce un momento de afortunada inestabilidad, en medio del luto y la tragedia que vive este país hace décadas. Nuestra reputación colectiva como movimiento social depende de actuar en términos de nuestros derechos constitucionales, y de utilizar los medios con honestidad y dignidad. Como pueden ver en las imágenes que circulan el día de hoy toda impaciencia o aventurerismo tiene como consecuencia poner en peligro a nuestros camaradas y compañeros de lucha. Toda “acción directa”, simulada por los agentes o realizada por activistas desorientados, es una traición al movimiento social. El asunto no es moral o ideológico: esa traición se verifica en los hechos. Debemos también cerrar el paso tanto a la circulación de información improbable o falsa, como a la reacción inmediata. Unas cuantas horas para ver un material y meditarlo, el uso de sentido crítico, son, en el momento presente, un instrumental invaluable.


“Nosotros también estamos luchando por la verdad” 

Esta es una hora de vergüenza y duelo, me quedo con la inteligencia moral del Señor Felipe de la Cruz, padre de uno de los desaparecidos, quién especificó así la agenda que yo desearía que hagamos propia:

“Nosotros también estamos luchando por la verdad. Tiene que ser a través del resultado de un método científico, no puede ser solamente el testimonio de los tres detenidos, eso sería una irresponsabilidad por parte de la procuraduría…”

Luchar por la verdad involucra una generosidad infinita. Esa “otra lucha” (distinta de la mera expresión de dolor o confusión) es el don que nos otorgan compatriotas que sólo han recibido de nuestros poderes y estructuras sociales el insulto, la humillación y la violencia. Queremos la verdad. Una verdad sin disculpas, dosificación o duda.

Noviembre 7, 2014


La banalidad del mal… tropical-edulcorada. 

B1pYi3cIgAEjeCf

En los días previos me entregué a la experiencia especialmente purgante de revisar los videos e imágenes de los presuntos autores intelectuales de las desapariciones forzadas de 43 estudiantes en Iguala: el ex-presidente municipal José Luis Abarca y su mujer, María de los Ángeles Pineda. La impresión que la pareja de narco-políticos produce es el ser una versión depauperada y sin embargo, consonante de la pareja presidencial. Como Peña Nieto y Angélica Rivera, los Abarca procesaban la afiliación de sus votantes y clientes con la forma degradada de glamour y espectáculo que ha producido la hegemonía de la televisión. La mezcla monstruosa de violencia genocida y estética endulzada, expresada en la curiosa forma en que Abarca y Pineda se vestían coordinadamente, y en su montaje de bailes, espectáculos y ceremonias cívicas, e incluso en el decorado de la oficina de la “primera dama” de Iguala, es característica de la colusión del poder político con los programas de concursos matutinos y las telenovelas. Los Abarca, en estilo región 4, como los Peña en superproducción y horario estelar, crean un poder político que funciona por seducción paupérrima. El video donde María de los Ángeles Pineda invita a la gente al evento “policromatic” donde los asistentes debían mojarse para ser rociados de polvos de pigmento, que debían difundir “los valores a través del color”, es una especie de alegoría de época que mezcla en una fórmula letal cursilería y demagogia, clientelismo y espectáculo.
https://www.youtube.com/watch?v=f1xjSZEAdaY


Deslave

México está convulso. Como todo cataclismo verdadero, no es posible saber a dónde nos lleva. Los crímenes de estado de Iguala, y la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, se han convertido en un punto de inflexión histórica donde la indolencia hecha sistema, la violencia interminable y la complicidad necropolítica han finalmente puesto en jaque las estructuras de consenso y interlocución política. La figura que viene a la mente es la de un deslave, lo mismo por su carácter súbito e impredecible, como por expresar fuerzas e inestabilidades que se acumularon por un tiempo largo.

El espectáculo de la élite económica y política defendiendo en estos momentos, y sobre la montaña de cadáveres y un país lleno de fosas clandestinas, el modelo de desarrollo, no tiene precio: sugiere hasta qué punto el neoliberalismo es una ideología impermeable a cualquier forma de evidencia o realidad. Pagamos en efecto, y de súbito, la estupidez colectiva de haber abortado los intentos de reforma democrática. Esta es la némesis de una transición traicionada no una sino tres o cuatro veces. A pesar de la voluntad de perder el vagón a cada paso, el tren de la historia nos ha acabado de alcanzar.

En una multitud de momentos, los hombres y mujeres en este país tienen la experiencia más extraña: usan las mismas palabras pero éstas ya no tienen que ver con un lenguaje común; recitan los mismos eslóganes pero en el fondo esas rimas tampoco traducen alguna clase de entendimiento. Tácticas tradicionales que tenían aplicación regional se generalizan, y protocolos que sostenían la interlocución entre grupos y poderes se desparraman como letras de plomo sueltas; formas de negociación de masas se convierten en acciones suicidas. Pero nadie dijo que la historia avanzara en línea recta. Como los deslaves, desciende con fuerza y abriendo arroyos y cañadas.

La mezcla de indignación y confusión, necesidad de hacer y decir, se anudan con la incompetencia radical de toda estructura de mediación y representación. La clase política de todo signo ha decidido suicidarse al no entender ni remotamente el ánimo civil. Politización no significa necesariamente poseer alguna clase de rumbo táctico. La expresividad del dolor se ha convertido en el horizonte de la acción.

Yo espero que la evidencia de su nulidad sugiera a los políticos la conveniencia de ser tolerantes con la furia colectiva y movilizada. La obsolescencia y descrédito propios debieran será suficiente motivo para adquirir paciencia. De otro modo, el porvenir estará hecho de reacciones en cadena. Pedir a la sociedad que convierta el duelo, el oprobio y la furia en gestos comedidos, es una ingenuidad, y una insolencia. Pero la justicia de la furia, no nos exime del deber de tratar de ser un poco más inteligentes que nuestras circunstancias.

Nunca en toda mi vida había percibido esa fragilidad de coyuntura: es como caminar entre grietas que al mismo tiempo aparecen como abismo y oportunidad. Pero de esas mismas grietas, se cuela una brisa gélida.